El Coronavirus y la ideologización chavista de las relaciones internacionales / Tulio Hernández

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Si la frontera entre Colombia y Venezuela estuviese abierta; las relaciones entre los gobiernos de ambos países fuesen por lo menos consulares; el gobierno venezolano tuviese la honestidad de reconocer la Crisis Humanitaria Compleja declarada hace meses por la Organización de las Naciones Unidas y aceptara la ayuda que tantos países y fundaciones le han ofrecido; la posibilidad de aminorar la epidemia del coronavirus y salvar el mayor número de vidas sería mucho mayor.

Pero no es así. Especialmente desde que Hugo Chávez cazó una pelea con el gobierno uribista expresando públicamente su apoyo a las FARC y permitió que el territorio venezolano se convirtiera en uno de sus centro de operaciones y callejón de salida del narcotráfico. Peor aún, desde que Maduro expulsó de manera violenta, despiadada y cruel a más de mil familias colombianas en la frontera con el Norte de Santander, marcó de noche con una X sus viviendas, al día siguiente las derrumbó en el más puro estilo fascista, y luego cerró unilateralmente la frontera. 

Y desde que el gobierno de Santos reconoció la emergencia que significaba los millares y millares de venezolanos que atravesaban en febrero de 2018, desesperados, el Puente Internacional Simón Bolívar para mudarse a sobrevivir en Colombia. Y, más tarde, cuando el de Duque rompió relaciones diplomáticas y se puso al frente de la iniciativa internacional de asfixia diplomática a la tiranía militarista que usurpa el poder en Venezuela, la frontera colombo venezolana es una tierra de nadie en donde se hizo imposible el más mínimo trabajo coordinado para desarrollar conjuntamente proyecto alguno de cooperación. 

Ya sabíamos de todos los grandes negocios ilícitos que allí ocurren sin que se les pueda atacar de manera conjunta. De las bandas criminales que operan libremente de lado y lado. De los contrabandos –de gasolina, armas, drogas, órganos, personas, capitales, alimentos y medicinas– que fluyen de ida y vuelta sin contención. Del efecto desestabilizador para la región que significa la presencia activa del Ejército de Liberación Nacional (ELN) en los estados Zulia, Táchira, Apure, Barinas, Bolívar y Amazonas. Del impacto de las parturientas, niños esperando las vacunas básicas, y enfermos venezolanos desesperados por quimioterapias, diálisis y anti virales desestabilizando los hospitales de Cúcuta. 

Pero entre tanto infortunio nadie, y es que era una premonición imposible, se había paseado por la posibilidad –la distopía podríamos decir–, de que una pandemia voraz, una peste destructiva, un agente contaminante que –como todos los virus, bacterias y parásitos desconoce la existencia de fronteras y sellos en el pasaporte– pusiera tan en evidencia el poco sentido, o mejor, el sin sentido que tiene sacrificar las necesarias buenas relaciones de los países vecinos única y exclusivamente por fanatismo político.

La ruptura de relaciones diplomáticas entre Colombia y Venezuela ya era una suficiente y dramática tragedia. Una catástrofe económica, especialmente para el empresariado colombiano.

El caldo de cultivo de un territorio de la ilegalidad y el delito. Y un obstáculo mayor para que el ciudadano común venezolano pudiese hacerse con un mínimo de estabilidad y seguridad de los productos básicos que en su país, víctima del apocalipsis llamado “socialismo del siglo XXI”, no consigue.  

Venezuela, además, dejó morir las comisiones binacionales que pasaban revista periódica a temas de la agenda bilateral que eran la base de una relación madura entre países fronterizos con una dinámica extraordinaria. Y el retiro de la Comunidad Andina dejó a Venezuela fuera de la institucionalidad y la coordinación que se requiere en momentos de crisis sanitaria como la que se vive. 

Porque la pandemia del Coronavirus son palabras mayores. La evidencia del absurdo de cómo dos territorios, unidos por vidas comunes durante siglos, incluso antes de que Venezuela y Colombia existieran como naciones independientes –en este caso el Táchira y Norte de Santander, de una parte; el noroccidente del estado Zulia, la Guajira y Riohacha, y los estados llaneros de ambos lados, de la otra– no puedan hoy tener siquiera una rutina de coordinación para establecer medidas conjuntas ante lo que obviamente es una amenaza de enfermedad y muerte compartida, solo porque el conflicto político lo impide. 

Es una paradoja. Porque mientras extremos ideológicos, geográficos, étnicos y de intereses económicos en pugna como Estados Unidos y China declaran su alianza de trabajo cooperativo en la lucha contra la enfermedad, y mientras grandes compañías capitalistas que compiten ferozmente por sus mercados internos y externos, como Walmart, Walgreens y CVS bajan la guardia para trabajar juntos atendiendo las necesidades de la población estadounidense, dos países que retóricamente se declaran hermanos no habían logrado, hasta ayer, 17 de marzo, ni siquiera  una reunión virtual para intercambiar información sobre el COVID-19 en zonas de frontera. 

Por suerte, el chavismo ha bajado la cerviz, como lo hizo ante el Fondo Monetario Internacional, y la primera iniciativa de trabajo conjunto se hizo vía digital gracias a la mediación de la Organización Panamericana para la Salud (OPS).

Mientras tanto, los venezolanos de la resistencia democrática tenemos la obligación de recordar cómo la política internacional de Hugo Chávez contribuyó a la atomización de un continente que avanzaba hacia formas eficientes de integración. 

El chavismo intentó minar sus organizaciones tradicionales, como la OEA, el ALCA, el Pacto Andino y la nuevas como Mercosur. Creó organizaciones paralelas como el ALBA y Unasur, más ese aparato de compra de apoyos internacionales llamado Petrocaribe, convertidas hoy, las tres, en ruinas precoces. Chávez y los suyos sembraron en América y América Latina la voluntad de no convivir salvo con los países de ideologías semejantes. Ideologizar las relaciones internacionales ha sido una gran tragedia para el equilibrio regional y la unidad latinoamericana. El chavismo catalizó la fractura mayor de la región. 

El Coronavirus ha venido a recordarlo. Ahora lo estamos pagando caro.

Tulio Hernández

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