Una forma de resistencia política

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Las comunidades caraqueñas que antes de dejar de celebrar fiestas como el Velorio de Cruz de Mayo, ahora las realizan a través de Facebook Live o Zoom. Foto Cortesía.

La iniciativa cultural independiente en Venezuela

Sobrevivir en Venezuela, para quienes no forman parte del club de privilegiados del régimen, es un acto de resistencia política. En cualquier área. Mantener con vida una empresa agrícola, gestionar un puesto ambulante de comidas, transportarse, usar Internet o encender la cocina son pequeños y grandes actos heroicos.
La actividad cultural no es la excepción. Asediada por el apartheid ideológico del gobierno, que solo auspicia iniciativas incondicionales al socialismo del siglo XXI, y por las difíciles condiciones de vida en el país —hiperinflación, cortes del servicio de electricidad, inseguridad— la oferta cultural se ha visto reducida al máximo.
Librerías, salas de cine, teatro y música, bibliotecas y editoriales, galerías de arte, ateneos y casas de la cultura, periódicos y radios, festivales y festividades populares tradicionales han cerrado sus puertas.
Hechos que sumados a la parálisis de la producción cinematográfica y la industria de telenovelas y series televisivas han generado desempleo, desamparo y una estampida migratoria de artistas y trabajadores de la cultura, sin antecedentes en la historia del país. La pandemia mundial solo ha venido a agravar lo que ya era privación, precariedad y encierro.

El Trasnocho Cultural en Caracas ha mudado su programación a las redes sociales y los servicios de streaming tratando de garantizar sus ingresos y empleos. Foto Cortesía.

En ese contexto se valora mucho más la actividad creativa y los servicios culturales que resisten y las nuevas iniciativas que surgen. Asociaciones civiles que en los barrios pobres convierten las platabandas de sus viviendas en salas de proyección de cine al aire libre. Artistas que exhiben sus obras con lenguajes irreverentes sólo en formato digital para eludir la represión. Editoriales locales alternativas que mantienen a como dé lugar las ediciones impresas de escritores venezolanos. Nuevos centros literarios que garantizan, además del contacto directo con sus autores, el acceso a la lectura de obras vetadas en festivales del libro oficialistas. Los músicos formados por el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles, fundado en la era democrática, que se han ido al exilio se organizan en sinfónicas binacionales en Colombia, Argentina, España y Estados Unidos.

Librerías, salas de cine, teatro y música, bibliotecas y editoriales, galerías de arte, ateneos y casas de la cultura, periódicos y radios, festivales y festividades populares tradicionales han cerrado sus puertas.


El Trasnocho Cultural en Caracas ha mudado su programación a las redes sociales y los servicios de streaming tratando de garantizar sus ingresos y empleos. Y, tal vez lo más innovador, comunidades caraqueñas que antes de dejar de celebrar fiestas como el Velorio de Cruz de Mayo, una de las tradiciones populares de mayor arraigo en el país —mitad celebración familiar, mitad comunitaria—, ahora las realizan a través de Facebook live o Zoom, reuniendo a músicos y vecinos a interpretar las tradicionales décimas sin violar las normas de la cuarentena.
La imaginación civil siempre puede más que las restricciones económicas o la persecución de los aparatos de Estado militarizados. Con o sin cuarentena.

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