Tulio Hernández: “La imagen del Big Brother de Orwell ahora resulta elemental, tosca, ingenua”

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El sociólogo, escritor y experto en cultura y comunicación aporta, desde Bogotá, su visión sobre los efectos de la pandemia en ámbitos como el humano, el social, el tecnológico y el artístico

A casi cuatro meses de haberse declarado la cuarentena en el país, se hace aún más lejana la posibilidad de entender cuáles serán los efectos reales de la pandemia. Efectos que, seguramente, ya se están manifestando, pero cuya dimensión social y humana todavía escapa a cualquier certidumbre. Sobran las preguntas, faltan las respuestas.
Es por ello que con la serie de entrevistas Voces en el Caos, El Universal busca a través de las opiniones y conocimientos de psicólogos, filósofos y sociólogos, armar el rompecabezas del presente para intentar llegar a una imagen futura que conjure, aunque sea mínimamente, el desconcierto de quienes permanecen en sus casas a la espera de que el Covid-19 deje de ser una amenaza; o bien, a la espera de que el virus surgido en la ciudad china de Wuhan permita recuperar la vida que antes de su aparición se vivía o, por lo menos, entrar en eso que se ha dado en llamar la “nueva normalidad”.
¿Una nueva sociedad?, ¿otras formas de interrelacionarse?, ¿maneras inéditas de comunicarse o de crear? Todos los ámbitos de la organización humana han sido tocados, y alterados, por el coronavirus. Ha desnudado, por ejemplo, la precariedad de los sistemas de salud en los países desarrollados y agravado los de los subdesarrollados; ha ensanchado la brecha entre ricos y pobres, y ha hecho trastabillar todas las economías en una especie de bochornosa igualación. Pero, además, los efectos de la enfermedad -acaso el signo más visible de estos tiempos- se extienden a la psicología, la religión, la tecnología, la creación artística e incluso, la expresión de un sentimiento universal como el amor.

Si de buscar verdades se trata, la más contundente de ellas es que el hombre es más vulnerable y débil de lo creía.
Desde Bogotá, el sociólogo, escritor, docente y experto en cultura y comunicación venezolano Tulio Hernández, aporta su particular visión de los fenómenos que han seguido a la instalación de la pandemia en la cotidianidad de las personas.
Para el autor de Una nación a la deriva (Los Libros de El Nacional, 2016), la supresión de lo colectivo y la preeminencia de la virtualidad conducen a una etapa avanzada de la sociedad distópica retratada en la novela 1984. Claro, ahora no hablamos de una ficción. Menos de un relato de ciencia ficción.
-A su juicio, ¿cuál ha sido el efecto más pernicioso de la pandemia en la sociedad globalizada?
-Son varios. El primero, no es en la sociedad globalizada, es en cualquier sociedad: el sufrimiento humano que genera la muerte y la enfermedad en masa, inesperada, amenazante. El segundo, esta especie de parálisis de la vida, de suspensión forzosa de lo colectivo, que ha tenido repercusiones muy fuertes en la economía, el incremento del desempleo, la pobreza, las penurias personales. Y, el tercero, el venir a ratificar las desigualdades humanas. En los países pobres, los que menos tienen, y por tanto tienen que salir a la calle a buscar el sustento, son los que estarán más amenazados. Y en los países ricos, como Estado Unidos, deja al descubierto las inequidades de su sistema de salud y sus fracturas sociales internas, pues la mayor cifra de contaminados, al menos en Nueva York, corresponde a afroamericanos e hispanoparlantes.

-Aunque el distanciamiento social es una medida para evitar la propagación del Covid-19, ¿qué consecuencias puede crear si no se entiende como una norma de seguridad? ¿Podríamos estar frente a un fenómeno de rechazo social del Otro?
-No creo que sea una situación de largo plazo. Las epidemias son una constante de la evolución humana. Y sí, claro, se generan estigmas, por ejemplo, los que se tenían con los leprosos en otros tiempos. O los que generó el Sida al comienzo. Pero los humanos somos esencialmente gregarios. Y necesitamos el contacto físico con los demás. No por el Sida dejamos de hacer el amor. Ni de besarnos al saludar. La mayor prueba es que aún a sabiendas de los riesgos que se corren, en muchas capitales parte la gente está desesperada por encontrarse con los otros. Por, aunque sea, ver a los demás pasar. Las calles vacías nos llenan de tristeza. No estamos hechos para ser ermitaños. Eso es lo excepcional.

-La sensación del ciudadano común es que se viven tiempos de “riesgo”. Vivir con tal sentimiento, ¿cómo puede afectar las relaciones sociales?
-Más que el sentimiento de riesgo, la mayor amenaza es la incertidumbre y el sufrimiento adelantado que nos inflige saber que el futuro va a ser muy malo. Que la economía va a empeorar. Que millones podremos quedarnos sin trabajo. Una persona puede soportar el encierro, el distanciamiento social, pero no desconocer cuánto pueden durar ambos, eso sí es insoportable.

-El otro factor que nos afecta, y afecta por ejemplo las relaciones internacionales, e influye en brotes xenofóbicos, es la ausencia de información clara sobre el origen del virus. En todas partes se inventan teorías de la conspiración, algunas enrevesadas y demenciales. Unos creen que son los chinos para dominar el mundo. Otros que son los ricos para eliminar a los pobres. Incluso hay quienes creen firmemente que son los Estados y los gobiernos para mantener a raya la población. En esas condiciones es fácil crearse enemigos: los chinos en Estados Unidos, los venezolanos en Colombia, los gobernantes que quieren acabar con ciertas empresas. La paranoia es una tendencia humana que se acrecienta con el infortunio. Antes, previo a la revolución científica, era más sencillo: toda epidemia era obra del diablo o producto del pecado. Castigo divino. Ahora hay muchos más culpables potenciales.

“Pero, quizás, la más potente sensación de riesgo en la que han insistido muchos pensadores -prosigue Hernández-, es la de tropezarnos como especie con la idea de fragilidad. Entender que no somos el ‘centro’ del universo y de la creación como hemos creído, reforzados por la Biblia y otros textos religiosos. La pandemia nos recuerda que somos un componente más de la naturaleza. Que el planeta no es una nave espacial donde la especie humana viaja a su antojo, sino un organismo vivo del que somos parte y que si lo maltratamos se defenderá. Y, por tanto, somos endebles incluso a un cuerpo tan insignificante, microscópico, como un virus. Un ente natural que nos puede hacer más daño aún que uno artificial, como la bomba atómica, por ejemplo.

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