Caracas, ciudad resistente

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453 aniversarios

“La ciudad está destruida” es el decir de los caraqueños. Sienten frustración y rabia, y tienen razón porque Caracas es una ciudad violenta e incómoda. El acceso a servicios básicos como agua, electricidad e internet es irregular o inexistente; los espacios públicos pasaron de albergar actividades culturales a ser escenario de protestas y de una asfixiante represión. Caracas ha perdido la luz y llega a su 453 aniversario sin cumplir con la promesa de valor consustancial con lo urbano: ofrecer a sus habitantes protección, acceso a servicios, cultura, conocimiento, modernidad e inclusión.
Sin embargo, esa ciudad que es escenario de un deterioro sorprendente, sigue estando abrazada por magníficas universidades en sus extremos este, oeste y sur; y en su eje central resiste la primigenia Ciudad Universitaria.


Se mantienen en Caracas las estaciones del metro y los espacios públicos cuyas obras de arte, mustias, parecen determinadas a sobrevivir. No han claudicado los jugadores de ajedrez en los bulevares, ni los que corren en los cortafuegos del Ávila, tampoco los ciclistas de Los Próceres.


Siguen abiertos los mercados, también centros culturales y gastronómicos con propuestas alternativas diseñadas para la vida en modo pandemia. Todo con un gran esfuerzo de los ciudadanos por adaptarse a los tiempos que corren. No es fácil apagar a una ciudad.
Pero donde Caracas está más encendida es en la pasión de quienes la habitan o la han vivido, en la experiencia de libertad que ha propiciado a millones de ciudadanos en sus parques, zoológicos, bibliotecas y bibliobuses, en los estadios, universidades, calles y comercios donde los acentos italianos, argentinos, chilenos, árabes, alemanes, gringos, judíos, portugueses o chinos se funden con el hablar caraqueño. En las canchas, polideportivos, tascas o teatros, bajo la sombra de una mata de mango o en el metro, donde la gente siempre circuló libre y entre iguales.


Quien ha vivido en Caracas como uno más, mirándose en el espejo de sus murales, respirando en el tráfico o debajo de un puente cuando la lluvia arrecia, sabe lo que es ser eslabón de una dinámica urbana en la que participan barrios y urbanizaciones tocados al unísono por la tragedia; conoce el desafío de convivir en diversidad y la plenitud de sentirse acompañado por El Ávila, esa montaña que pertenece al que quiera mirarla o caminarla.
Caracas no es dócil, ni lo será. Quererla pasa por someterse a sus condiciones: valentía, aguante, rebeldía, generosidad, humor y amor. La ciudad está viva porque su gente, de cerca o de lejos, le sigue los pasos y esa es la mejor manera, por el momento, de honrar sus 453 años. William Niño Araque escribió: “Caracas entera equivale a toda una obra literaria… una fascinante novela en la que cada entrega constituye un capítulo en la construcción del gran texto abierto.” Seguiremos escribiéndola 400 años más.

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