La libertad de Leopoldo López

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Un paso adelante

Cualquiera que haya sido el método mediante el cual Leopoldo López logró escaparse de la embajada de España, el acto es una derrota para el régimen militarista rojo, un triunfo para las fuerzas organizadas de la resistencia democrática y un acto de justicia para quien ha sido una de los opositores castigados con mayor crueldad por órdenes expresas de Hugo Chávez.
Toda lectura distinta, a menos que sea hecha por chavistas confesos o enmascarados, es un acto de mezquindad, sectarismo o fanatismo infantil. Porque si el escape fue producto de un acuerdo, como el que sugiere EL Tiempo de Bogotá en su edición del 1 de noviembre, pues estamos ante la evidencia de una debilidad mayor y fractura interna de la alianza en el poder.
Y si fue una operación encubierta y muy bien planificada a espaldas del régimen rojo, pues estamos ante un evidente deterioro en los equipos de inteligencia de una tiranía que cuenta con el apoyo del G2 cubano, los servicios de inteligencia rusos y la asesoría de los ayatolas iraníes, tres fuerzas con una gran experiencia en la aniquilación implacable de sus adversarios.
Ya sabemos que más de un millón de venezolanos han estado en las cárceles del chavismo, por unas horas en medio del fragor de las protestas callejeras, o por largos años cuando se convierten en una seria amenaza para la mezcla de ultraizquierdas con militares golpistas en el poder. Sabemos también que muchos de ellos han sido vejados y torturados de diversas formas, y que algunos, como el teniente Acosta Arévalo o el concejal Albán, terminaron asesinados impunemente en cautiverio.
Pero Leopoldo López era un preso altamente representativo. Un símbolo en el sentido estricto del término. Una prueba incontestable de cómo el régimen autoritario le teme a las elecciones libres y a los dirigentes con la auctoritas y el liderazgo de masas necesario para derrotarles en cualquier contienda electoral.

Sabemos que más de un millón de venezolanos han estado en las cárceles del chavismo, por unas horas en medio del fragor de las protestas callejeras, o por largos años cuando se convierten en una seria amenaza para la mezcla de ultraizquierdas con militares golpistas en el poder.


Desde el momento cuando las encuestas lo señalaron como el primer opositor que superaba a Hugo Chávez en la aceptación popular y se perfilaba de manera imbatible como ganador de las lecciones para la Alcaldía Mayor de Caracas, el entonces presidente de la república y héroe de masas, ordenó sacar de juego a López.
Para eso recurrió al trabajo sucio de un Contralor de apellido Russian —al que Teodoro Petkoff llamaba Rufián—, quien se encargó de inhabilitarlo utilizando un ardid jurídico menor. La vanidad infinita de Hugo Chávez no soporto que un joven que era su antípoda —un civil, bien formado académicamente, proveniente de una familia acomodada y en verdad (no por inventos auto hipnóticos como él) descendiente de Simón Bolívar— fuese la figura que los venezolanos estaban acariciando como su relevo.
De allí en adelante López ha sido un perseguido. Primero amenazado de muerte, estuvo preso siete años, separado de sus padres, esposa y hermanos, torturado por métodos sofisticados, perseguidos también sus compañeros líderes y militantes de Voluntad Popular, cuyas sedes han sido sistemáticamente vandalizadas, y al final el partido mismo ilegalizado.
Ahora en la calle, López, con su ya bien conocida capacidad de acción, su liderazgo probado, y su prestigio internacional será, como ha sido hasta ahora, un adversario duro de matar. Una lástima que Hugo Chávez no pueda verlo.

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