De Maracaibo a Guaduas

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Una historia de la misma tribu

Antonio Pereira va a cumplir cincuenta años. Es moreno, delgado. Menos alto que el promedio de venezolanos que uno como colombiano tiene en mente. Porque, si bien no he consultado estadística alguna, me basta con la percepción diaria para decir, como lo hacemos muchos, que los venezolanos son más altos en promedio, por no decir también, más morenos y guapos (añado yo).
¿Dirían hace doce o veinte años, cuando la migración era masiva en el sentido inverso, es decir de Colombia hacia Venezuela, que éramos más bajos de estatura, más feos? No lo sé. Pero es en ese tipo de percepciones subjetivas, más emparentadas con los afectos que con la razón, en donde encontramos las claves de los amores y rencores nacidos de la fricción y las tensiones propias de todo fenómeno migratorio.
En mi caso, Venezuela siempre me ha generado empatía, por no decir cariño. Fue desde ese sentimiento que hice los cuatro viajes entre los dos países, documentados en mi libro Cuando éramos felices pero no lo sabíamos.
Me gusta la alegría, el sentido del humor, la bonhomía. Porque ser colombiano a menudo es hacer parte de una historia de miedo, violencia y desconfianza; mientras que ser venezolano, tal como me lo explica Pereira mientras ondea al viento una paleta de madera para llamar la atención de conductores de automóviles, camiones y buses, es tener una historia compartida de un sueño que fue real, existió: el de una nación abierta y generosa que se hizo de migrantes de todas partes.


Enérgico, orgulloso, añade que llegó desde su Maracaibo natal primero a Barranquilla, luego a Guaduas, Cundinamarca, una población de clima cálido que por ser vecina de la vía entre Bogotá y Medellín o la Costa Atlántica, tiene un comercio boyante. Le tomó tiempo conseguir el trabajo que tiene, donde le pagan 30 mil pesos el día. Por suerte, su cuñado tiene oficio en una de las tantas peluquerías del pueblo. Su hija de 22 años se queda en casa y cuida de su nieta, de menos de dos y nacida en Colombia.
Dice que para las mujeres es más sencillo trabajar. Las reciben en salones de belleza, panaderías y restaurantes con más facilidad. Asegura que tan pronto cambien las cosas, emprenderá el camino de regreso “al mejor país del mundo”. Por ahora es uno más del millar de venezolanos que pueblan el municipio de San Miguel de las Guaduas, con una población que redondea los treinta mil habitantes.
Antes de despedirse, Antonio me cuenta que creció en un barrio de Maracaibo donde la mayoría eran colombianos. “Tal vez por eso me sorprende que aquí nos humillen a menudo”, agrega. Antes de despedirnos le digo que es cuestión de tiempo. En unos años habremos alcanzado la alquimia necesaria para ser una vez más la misma tribu. Al menos, en lo que atañe a la convivencia.

Melba Escobar
Columnista invitada

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