Adiós al pluralismo literario en Venezuela

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Pablo Montoya, el último ganador, al lado del canciller Arreza promoviendo el premio oficialista. Foto cortesía.

El Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos

Ni siquiera el Premio de Novela Rómulo Gallegos, una de las más prestigiosas instituciones culturales creada por la democracia venezolana, se ha salvado de la destrucción puesta en práctica por el régimen militarista conocido como socialismo del siglo XXI.
Desde su creación en 1964, por decreto del presidente Raúl Leoni, hasta la llegada del teniente coronel Hugo Chávez, el Rómulo Gallegos fue el gran referente mundial de la novela escrita en español. Credibilidad obtenida por el hecho de que, a pesar de ser un premio de Estado, sus jurados eran seleccionados desde un impecable criterio de pluralismo para impedir que la ideología de los gobernantes de turno interfiriera en la asignación del reconocimiento.
Es lo que explica que sus primeras ediciones lo obtuvieran, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, dos figuras que, para entonces, 1967 y 1972 respectivamente, no ocultaban sus simpatías por la revolución cubana. Un proyecto político abiertamente enemigo de la democracia venezolana. Pero igual recibieron el reconocimiento sin ardid ninguno de los gobiernos democráticos de entonces.
Así fue hasta la entrada de Chávez al poder. Desde el comienzo el comandante despreció el premio. En su primer año de gobierno, 1999, se negó a asistir al acto de premiación a Los detectives salvajes, la obra de Roberto Bolaño ganadora de esa edición.

Desde su creación en 1964, por decreto del presidente Raúl Leoni, hasta la llegada del teniente coronel Hugo Chávez, el Rómulo Gallegos fue el gran referente mundial de la novela escrita en español.

Y desde ese momento, hasta su muerte ocurrida en el 2013, el jefe militar se negó a asistir a la entrega de los premios a Roberto Bolaños, Fernando Vallejo, Helena Poniatowska, William Ospina e Isaac Rosa, quebrando así una tradición que desde el primer gobierno de Rafael Caldera se había convertido en una responsabilidad y un honor presidencial indelegable.
A partir de ese momento diversos escándalos se fueron sucediendo —el retraso en los pagos a jurados y ganadores; el nombramiento de jurados plenamente incondicionales de los gobiernos de Castro y Chávez; las sospechas de manipulación ideológica y la pérdida de calidad en las dos últimas entregas, las obtenidas por Eduardo Lalo y Pablo Montoya, y lo más grave: la conversión del Premio en parte del aparato proselitista de un régimen de facto — hasta llegar a la suspensión en 2017 y el retraso hasta noviembre en 2020, que han significado la perdida definitiva del consenso en torno a la calidad incuestionable que el Rómulo Gallego traía consigo.
El premio —como todo lo que toca el militarismo chavista— se enfangó. Perdió su lozanía y transparencia. Pero, como lo declaró optimistamente Mempo Giardinelli, ganador en 1993: “(…) cuando amainen los vientos que sacuden a esa sociedad tan querida, la literatura venezoana será capaz de recuperar el que fue el premio más prestigioso de nuestra lengua”. Que sí sea.

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